Inspiración.

Creo en la importancia de la expresividad de las personas.

Creo que, cuando tu cara utiliza bien el gesto, te ayuda a ser sincera.

Cuando eres franca, sincera, hacer las cosas bien es más fácil, y las dudas no juegan a buscar mentiras o evasivas.

Por eso creo que es tan importante ser expresivo. Porque un te quiero sincero se reconoce cuando te miran a la cara, cuando le brillan los ojos.

Cuando la boca se queda desamparada.

Entonces la voz y la mirada se funden en una palabra.

Por eso me gusta tanto cómo me hablas.

“La Ciudad de las Luces”

“Ciudad de la Luz”, he leído en una antigua postal que guardaba entre otros recuerdos ya muertos. Hojas caídas pueblan cada paso entre mis pensamientos, cuando avanzo tratando de agarrar esa imagen, en la que me imagino agarrando los sueños de las solapas y exigiéndoles algo a cambio de tantas noches en vela, rezando a las estrellas por algo menos de luz. Les exijo, pido, suplico… que si tantos luceros he visto pasar con su imagen en mí, ahora reciba algo a cambio, ya que les di algo para soñar, les di una historia de amor, les di algo que admirar y compartir. Inunde sus noches de oscuridad para que pudieran brillar más. Tú, que haces que la luz de mi mundo se atenúe, para poder caminar tranquila. Mis pupilas ya no arden sino con el deseo de verte unos segundos más. Tantos sueños rotos y aun así conseguiste convertir sus cenizas en una joya de cristal, cuerno de unicornio, flauta quizá, algo tan dulce, suave y bello como cada beso que recuerdo cuando no estas.
Miro las fotos de mis únicos paseos entre la olímpica catedral, de hermosos monstruos y grandiosas campanas que cantaban al alba despidiendo a la luna, y los inmensos jardines, verdes como tu iris al despertar.
Es gracioso como me inspiras, cuando sé que odio el Culteranismo, tantos adornos sin llegar a nada, y ahora podrían tacharme incluso de gongorista. No entiendo como es que ha llegado tu memoria a darme esta facilidad de la palabra, que podría recorrer cualquier estilo, si algún roce con el amor tuviere. Inicié mi pequeña composición lírica con palabras tan románticas como sólo yo adoro, tristes, melancólicas, enamoradas y agonizantes en añoranza; mi pluma acarició entonces con adornos de un Parnasianismo y Simbolismo como no creí nunca poder inventar, ni tan si quiera hablando de cisnes, estanques y crepúsculo otoñal. He llegado a lo recargado, lo cursi y lo callado; lo duro, lo suave, todo estilo he tocado, y aun así… no soy capaz de describirlo.
¿Cómo será que una alma neorromántica pierda el rumbo al hablar del amor? ¿Que toda mi entereza clásica se esfume al verme desarmada ante el papel? ¿Cómo será que mis labios tiriten trémulos sin mayor recurso que una elocuencia sin sentido? ¿Cómo es, amor, que al recordarte el mundo pierde sentido?
Es que mi cielo dejo de brillar hace tanto tiempo que perdí mi pluma entre robles viejos. Es que entre los cementerios los ángeles de piedra me susurran que he de gritarte cuánto te quiero. Es que aún cuando escribo en mi estilo soy incapaz de describir lo que siento… porque ahora me has hecho darme cuenta.
El amor no son palabras, no es decir “te quiero”. El amor es perderse en unas pupilas grises, y no tener que decir más palabra. El amor es temblar por la idea de que se acerque. El amor son versos de un poema gótico sobre las ruinas de un destartalado bosque. El amor son besos olvidados, es abrazarte durante horas, escuchando tu respiración adormilada.
El amor es todo eso, y a la vez no es nada. Porque no se expresarlo y me siento afortunada. Porque sé lo que es el amor, aun pareciendo que no se nada. Porque si puedes describir con palabras el odio o el amor… es que aun no has apreciado toda su belleza y complejidad. Es que aun no has conocido historias como la de un arlequín y su dueño, un músico y su violín, dos locos en un ático, o almas perdidas, recorriendo París.

De la luz soy el desterrado

De la Luz soy el desterrado. Amante de la lentitud. Esposa de las lúgubres posadas. Tortuoso delirio enamorado. Entre lágrimas negras y desesperanza.
Vivo en las sombras de lo cotidiano. De lo oscuro, soy lo más siniestro. En sangre baño mis caricias, e inspiro perfumes de dolorido encanto.
Cada noche llevo al mundo un pedacito de este mi dulce infierno. Y le entrego a tus oídos el suave tormento. Breves melodías hipnotizan tus sueños. “Gime”, te digo, en tu dormido lamento.

Soy viejo, muy caro, me cobro el más alto precio. De la Luz soy el desterrado.
Soy fría, ardo como el hielo, y convierto en ceniza cualquier pensamiento cuerdo.
Soy joven, hermosa, y el más inocente deseo.
Mis blancas manos acarician tu cuello. Aplasto cada suspiro, y ahogo tu aliento. La sangre todo lo llena en un momento.
Rubíes y diamantes, sucios y podridos, recorren mis labios frescos y henchidos.

Entre la sombra rozo tu piel contra la fría y mohosa piedra. Tus suspiros lo llenan todo en un callado grito.

Soy callada, elegante, helada e inerte. Y corrompo tu alma en mi lujurioso baile.
Soy la tempestad que ardiente arrasa los milenios. El fuego que quema las sábanas en húmedos sueños.
Soy tu amo, quien te ordena, te domina y golpea. Soy tu amada, que satisface y contenta.
Soy la Muerte, cariñosa y despiadada. Soy el Deseo, puro y putrefacto

Arlequín

Entre las paredes de una gris alcoba, lentos acordes acariciaban la tela de las cortinas, las sábanas y los vestidos. Páginas amarillas susurraban desde el suelo poemas de lúgubres versos, de historias del más puro amor, la más inocente pasión, cantando a los amantes en su dulce desenfreno.
Y él, sentado en la cama, miraba la inerte muñeca que colgada por sus hilos de las vigas de madera, descansaba ansiando volver a bailar.
Sólo fue alzar su mano, y los hilos del arlequín ya vibraron. Él sonrió y las níveas manos de la muñeca hicieron una tímida reverencia.
La miraba con la cabeza inclinada, como un animal curioso, esperando a que ella comenzara a danzar. Entonces alzó las manos, y los hilos de la marioneta volaron hasta ellas. Con un solo tirón, un suave gesto, movió en apenas unos segundos al arlequín desde el otro extremo del cuarto, para atraerlo hasta sus labios, a escasos centímetros de su muerto aliento. Los labios pintados de la muñeca no cambiaron el gesto, ninguna expresión cabía en su rostro. Pálidas mejillas, dios sabe si de piel o madera, tenían pintadas lágrimas de desesperanza, angustiadas por el deseo de poder correr y mojar los hombros de su amado.
Príncipe oscuro que llenaba sus noches, de manos frías y corazón ardiente. A quien contemplaba dar amor a bellas jóvenes cada anochecer, colgada como marioneta, sin emitir reproche. A cada crepúsculo en el que él arrebataba los más terribles suspiros a ilusas almas, ella lo contemplaba sin apartar la mirada, sin poder moverse, pues sus hilos la ataban. Y lloraba por no poder ser una de las jóvenes que morían cada noche en sus brazos. Pues moriría cada noche si pudiera abrazarlo, tenerlo, sentirlo… sin convertirse en astillas por rozarlo.
Pero, retomemos el momento, ¿si? Sus labios se rozan, y ya no hay mayor movimiento. Tan solo el hálito del no muerto, contra los inertes labios de un arlequín que le anhela desde hace ya tiempo. Y él acaricia sus cabellos, y ella ni mueve los dedos… sólo sueña con moverse sin hilos, dejarse morder el cuello, suspirar, soñar, vivir, amar. Sólo una noche de ensueño. Y el acaricia sus cabellos, y ella comienza a mover los dedos. Aun sin nada que lata en su pecho, ambos notan que viven a un tiempo. Su príncipe añorado, su dueño, su esclavo, atado tanto a sus hilos como ella, quien puede darla la libertad, la vida… quien no quiere darle nada, para que aunque no viva, viva la eternidad llenado de bailes sus noches. Su príncipe añorado, su dueño, su esclavo, quien besa sus blancas manos, quien acaricia sus finos cabellos, quien roba de sus ropas el más ínfimo beso. La más dulce caricia, bella perversión, inocente entereza, en un muerto corazón.
Jamás conocerán sus labios un beso… que no sea de quien la ha liberado.
La mano del oscuro caballero de sus sueños acarició hasta el último rincón de la marioneta. Besó cada fibra de su vestido y reclamó cada suspiro que ella no podía darle. La hizo más suya de lo que ya era atada como estaba con los hilos que la manejaban… y cuando el pobre arlequín ya ni si quiera sabía donde estaba, su amor cortó los hilos que le hacían su dueño. Liberó el alma de la bella marioneta. Y las lagrimas de su cara se tornaron cálidas, verdaderas; la pintura y su vestido, más suaves que nunca. Y el beso que selló sus labios, el añorado. Nunca, nunca. Jamás imaginó poder amar, ¿siendo esclava? Jamás. Aun sabiendo que le necesitaba. Y supo que sus roces la atarían como nunca más ahora que estaba liberada. Que no podría separarse del romanticismo atroz que le inspiraba aquella posesión. Que no podría dejar de bailar para él cada noche. De besarle y complacerle cada noche. De ser feliz, no poder emitir reproche. De ser su amante, su dueña y su esclava… cada noche. Nunca jamás.